Una explosión químicamente divertida

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No voy a mentir, francamente no soy un entusiasta de las fiestas patrias, es más, siempre me molestó que en la primaria me obligaran a vestirme de Hidalgo o de Morelos para contar frente a toda la escuela su biografía. Tampoco me gustaba tener que perder un día entero viendo bailables tradicionales, o lo que era aún peor: tener que participar en alguno.

Pero una cosa que sí me gustaba de las fiestas patrias es que, por ser feriado nacional, esos días son inhábiles, es decir, no hay escuela. ¿Qué más puedo pedir? Me podía quedar en cama hasta tarde, ver la tele todo el día o mejor aún, salir a la calle a ver a mis amigos y estar todo el día sin hacer nada. Pero esas salidas a la calle, en esas fechas, tenían algo especial: todos mis amigos y yo teníamos los bolsillos llenos de cebollitas, de R-15, de chifladores y (si teníamos el dinero suficiente) traíamos uno o dos M-500 o garras de tigre y ya con suerte podíamos hasta tener un cara de diablo. Les estoy hablando de los años 90´s, aquellos años en los que la prohibición de cohetes aun no era tan rígida y podías conseguir todo tipo de petardos con tu distribuidor de confianza.  Sobra decir que las guerras de cohetes eran un poco peligrosas y más de uno quedaba con quemaduras. Pero qué más da, éramos niños y no mediamos las consecuencias.